¿Qué pensamos los jóvenes sobre nuestra educación?

Compartimos un intercambio entre Gustavo y Julia, dos protagonistas de nuestra Corriente, publicado en el periódico Comuna Socialista Nº60

Gustavo: El último tiempo, con la segunda ola de contagios, los noticieros nos bombardearon con la discusión sobre la presencialidad o virtualidad de las clases. En la Ciudad, supuestamente en nombre del derecho a la educación, las escuelas siguen abiertas, pero con enorme desdén e irresponsabilidad hacia la salud de alumnas/os y docentes. El gobierno nacional solo piensa a las personas como fuente de contagio y por eso reivindica hipócritamente la virtualidad como única solución contra el virus. Desde distintas posiciones, no hacen más que reproponer una falsa dicotomía entre educación/salud. Yo me pregunto, ¿qué tiene que ver realmente toda esta puja de poder con nuestra educación?

Julia: Es muy interesante esto que planteás: salirnos del enfrentamiento político y preguntarnos, en todo el caos actual, ¿cómo vivimos nuestra propia educación las y los estudiantes? ¿Cómo nos sentimos con la virtualidad este último año? Mi experiencia es algo particular porque... ¡entré a la universidad de la mano de la pandemia! Salí del secundario muy ilusionada de finalmente poder estudiar algo que me apasionara (la música) y me vi muy decepcionada con la virtualidad. El no poder ver a mis compañeras/os me llevó a vivir el año escolar en mucha soledad. No podía saber cómo ellas/os estaban interpretando los contenidos, si les estaban interesando, si les estaban costando las mismas cosas que a mí. La única opción que plantea la virtualidad para acercarse a las personas son las redes sociales, que nunca van a poder reemplazar el contacto directo; solo incitan a la superficialidad en las relaciones y (embanderando la instantaneidad), en realidad hacen que el conocimiento profundo sea cada vez más difícil. Además, estudiar música virtualmente me parece algo un poco absurdo, porque se pierden las cosas más bellas e importantes: el hacerlo y compartirlo con otras personas. 

Gustavo: Me resulta interesante y profundo cómo criticás esto de la “educación virtual”. Tanta exposición a las pantallas es un veneno desde todo punto de vista: físico, cognitivo y, como decís, también para nuestras relaciones. Pienso en qué impacto tendrá a la larga el 2020 en mi hermano, de 9 años… ¿No podríamos pensar a las personas como una entereza psicofísica a cuidar, a los demás como posible fuente de cuidado, no de contagio, a nuestra salud y educación como inseparables y no opuestas?

Julia: Así que vos también extrañás las clases presenciales...

Gustavo: Sí, claro. Pero ahora que lo pienso, no es que la educación tal cual era antes me entusiasmara demasiado. Creo que de la vieja “presencialidad” también hay mucho por repensar. En la enseñanza de la literatura, por ejemplo, si no se cae en el aburrido enciclopedismo, se enseña lo que está de moda (para el mercado o para la academia, que a veces coinciden). Se juzga si un libro es importante o no únicamente en función de la técnica, de la forma, y si se llega a pensar en su contenido, se lo hace desde ideas que dividen el arte (“el canon” contra “lo disidente”, “lo occidental” contra “lo marginal”) más que pensarlo como algo que puede tejer puentes de empatía entre las personas más diversas. Considerar las implicancias éticas de una obra es casi un delito, pero después se cae una y otra vez en la cultura de la cancelación. En fin, todo menos incentivar a que las/os jóvenes descubramos en libertad nuestros propios gustos, autoras/es preferidas/os o puntos de referencia, en función de quiénes estamos buscando ser en la vida.

Julia: No es la primera vez que me comentás sobre esto. Las lógicas academicistas son algo que te pesa en la vida cotidiana y de lo que te querés despojar. 

Gustavo: Así es, pero es todo un desafío. Creo que del mundo interno de las personas brota una curiosidad insaciable por la vida, por los demás, por las ideas, y por eso queremos aprender desde que nacemos y hasta el final. Pero en el contexto en que vivimos, creo que tenemos que aprender a aprender mejor, a conocer mejor. ¿No te pasa algo parecido?

Julia: ¡Sí, totalmente! Me parece muy valioso que vuelvas a la raíz y te preguntes de dónde vienen nuestras ganas de aprender. El querer conocer la vida es el motor de nuestra curiosidad, el querer conocer a las personas que forman parte de nuestra humanidad y sus ideas. Y sin embargo muchas veces nos encontramos aprendiendo cosas “porque sí”, incorporando nociones sin pensarlas demasiado. Esto me lleva a preguntarme: ¿para qué vamos a la escuela? ¿Para qué quisiéramos ir? ¿Qué (y sobre todo cómo) queremos aprender? ¿Con quiénes? ¿En qué nos imaginamos los jóvenes que podemos educarnos? ¿Y si en nuestras reuniones de Espartaco empezamos a preguntarnos estas cosas juntas/os?

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