Abrir nuestros corazones al mundo

Hace algo más de dos años, gracias al apoyo de Comuna Socialista (CS), algunos jóvenes de Buenos Aires emprendimos un recorrido estimulante que, sabemos, recién empieza: buscamos encontrarnos entre jóvenes solidarios, buscamos interrogarnos juntos sobre la vida, para aprender a valorarla más y a defenderla mejor, buscamos ofrecer esta posibilidad a toda/o joven que se haga preguntas semejantes.

Cuando fundamos esta Corriente de jóvenes, escribimos un manifiesto. Dijimos que "ser solidarios significa estar siempre del lago de los últimos", "apoyar las mejores luchar, al mismo tiempo que buscamos una nueva manera de luchar". ¿Cuánto podemos radicalizar esta idea si intentamos ampliar nuestra mirada, si buscamos conocer más el mundo en que vivimos, aprender de cómo viven las demás personas, en sus diversas realidades? ¿Y cómo cambiarían nuestras vidas si abriéramos más nuestros corazones al mundo?

En una manifestación en defensa de la naturaleza, por ejemplo, conocimos a Tomi, que hoy es un compañero de CS y un protagonista de primera línea de Espartaco. Pienso en él, en las charlas que tenemos y me pregunto: el calentamiento global o también las pandemias, ¿reconocen las fronteras? ¿Se puede cuidar la vida del planeta solamente "desde acá", delegando nuestro protagonismo a leyes que afecten solo a "la Argentina"?

También pienso en un pasaje importantísimo del recorrido de Espartaco: la campaña solidaria antirracista que hicimos el año pasado, junto a decenas de amigas/os, con la que pudimos ayudar a más de quinientos hermanas/os inmigrantes frente a la urgencia de la pandemia. Eso le dio vida a nuestra Corriente y llenó de nuevos contenidos nuestras motivaciones para comprometernos. Como suele decir Tom: empezar a pensar la solidaridad como algo recíproco, que nutre y hace bien tanto a quien la da como a quien la recibe, empezar a conocer a quienes ayudábamos, a reconocernos como hermanas/os, diferentes en lenguas y costumbres pero semejantes en la aspiración de una vida mejor.

Se me viene a la mente también un musical, que le gusta mucho a Chuli y Juchi, a dos compañeras espartaquistas, que se llama Hair y que retrata la vida de la juventud en Estados Unidos a fines de los años 60 (al calor del festival de Woodstock y la oposición a la guerra de Vietnam). Otra pregunta: en ese momento de la historia (y en tantos otros), ¿qué habría sido de la lucha por la paz en el mundo sin la voluntad de centenares de miles de jóvenes? Hoy en día podemos rastrear adentro nuestro ese espíritu solidario y revolucionario? ¿Cómo reaccionamos frente a la limpieza étnica que intenta realizar, hace más de setenta años, el Estado de Israel contra el pueblo palestino? ¿Nos moviliza saber que ahora, en Afganistán, a las mujeres que se manifiestan por su derecho a participar de un nuevo gobierno, los talibanes las reprimen a fuerza de gases lacrimógenos?

Aprender a levantar la vista de las pantallas, a ampliar la mirada más allá del circo electoral local, y sentir nuestra propia humanidad contenida, por ejemplo, en el abrazo entre una joven española y un inmigrante en Ceuta, o en el rostro de un joven cubano que, luego de una vida bajo dictadura, pide a gritos libertad, pueden ser razones que nos guíen en nuestra búsqueda de ser mejores personas. Pensado así, el internacionalismo puede ser un principio que se desprenda de nuestro amor por la vida, una razón para ser, cada día, jóvenes más humanistas y más solidarios.

Gustavo Pfeifer


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